Ella

Él era tranquilo y cauto. Era esa clase de persona que aman el control. Ese tipo de hombre que necesita tener planes y metas calculadas. Ella era como un tornado. Se definía a sí misma como un pequeño gran desastre. Tenía un tatuaje en una costilla que rezaba “ama tu caos”. Era su ley de vida. Su forma de ser. De no pararse a pensar en las consecuencias. De lanzarse a un precipicio sin conocer el miedo. Sin conocer la incertidumbre. Alimentándose de todas esas sensaciones sin ni siquiera saberlo. Irradiando un torbellino de energía y felicidad por donde quiera que pasaba. Contagiando sonrisas a personas desconocidas. Ilusa, y al mismo tiempo sumamente inteligente. Tan inteligente que cada vez que se ponía seria y hablaba, era capaz de abrir mentes. De irradiar luz en zonas sumidas en la penumbra. De dar su propia visión del mundo y lograr ser respetada al hacerlo.

Él se encontraba en un bar, trabajando y sumido en su portátil, finalizando los últimos detalles de su trabajo. Ella con los ojos iluminados, en el mismo sitio, sumida en una acalorada discusión sobre profundos temas que no eran capaces de hacer que el brillo de sus ojos se perdiese ni uno solo de sus matices.

Él cerró el ordenador y pidió la cuenta. Una camarera se le acercó, sin poder quitar la mirada de la mujer que había logrado captar la atención de todas las personas de aquel bar. Él levantó la cabeza y siguió la mirada de la camarera. En un primer momento solo vio a una mujer joven, pelirroja y con el cabello rizado y largo, peinado en una coleta alta que dejaba escapar algunos mechones que caían suavemente en su rostro. La mujer movía enérgicamente las manos, como explicando algo con un brillo casi inhumano en sus oscuros ojos que logró captar la atención de él. De atraparlo tanto que perdió la noción del tiempo. Un brillo extraño que lo reconfortó hasta el punto de que se le olvidó durante unos instantes que estaba allí por trabajo. Que su mundo entero estaba calculado a la perfección para aprovechar todo el tiempo posible y no perder ni un sólo segundo. Que tenía que pagar la cuenta y correr a su reunión perfectamente planificada para las cuatro en punto de la tarde. Que lo había programado todo para poder ir tranquilo dando un agradable paseo donde pudiese comprar el periódico en unos de los kioskos de paso. Sonrió, pensando que era capaz de renunciar a todo aquello con tal de escuchar a esa mujer seguir hablando durante unos segundos más. De esa forma tan suya, capaz de irradiar energía en todo el mundo con una simple sonrisa y un extraño brillo en los ojos capaz de atraer y hacer creer que hasta las placas tectónicas tiemblan cuando ella posa su mirada en alguien.

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